Muchas personas nos proponemos hacer cambios cuando comienza el año, el curso o incluso la semana, y es que nos ayuda a organizarnos y a comprometernos asociar cambios externos de semana, estación o año, a cambios internos, de actitud o hábitos. Sin embargo, esta asociación no es suficientemente fuerte para llevar a cabo estos cambios, ya que, si nos damos cuenta, a lo largo de nuestra vida hemos puesto expectativas en un año nuevo o en un lunes nuevo que han acabado por no hacerse realidad y quizás eran importantes. Por eso es imprescindible preguntarnos: ¿Por qué no consigo llevar a cabo algunos de mis propósitos? ¿De qué depende que lo logre?

Existe una variedad amplia de factores específicos de cada persona y su situación tales como, su historia de vida, sus características y su momento vital que influyen en la respuesta a estas preguntas, pero te propongo reflexionar sobre los más comunes, que probablemente nos afecten a tod@s y con los que quizás te sientas identificad@.

Por aquí te cuento 5 razones y, si te parecen útiles, en el próximo post del blog podrás encontrar más.

1. Elegir propósitos que dependen de otr@s

    “Mi objetivo es que mi pareja se responsabilice de x”, “Mi propósito este año es que compartamos las tareas en casa”, “que mi hij@ se relacione con otr@s niñ@s”, “que mis amig@s y yo hagamos más cosas junt@s”. Estos son objetivos importantes y válidos, por supuesto, pero tenemos que ser conscientes de que parte de esos objetivos depende de nosotr@s, y otra parte no, o al menos directamente. Preguntarnos si este objetivo es compartido con las personas a las que implica y ver cuál es nuestro papel para que esto tenga lugar, nos ayudará a responsabilizarnos de “nuestra parte” y detectar la responsabilidad de l@s otr@s en este proceso. Y en este punto, te sugiero que comiences poniendo en marcha la parte que depende de ti, en lugar de esperar a que las otras personas hagan X para tú hacer Y.  Necesitamos ajustar nuestros objetivos para que dependan de nosotr@s en la medida de lo posible y así podremos reformular nuestras propuestas. Por ejemplo, respecto al objetivo de repartir las responsabilidades y tareas, algunas propuestas que puedo hacerme que sí dependen de mí podrían ser: pensar en un reparto que yo considero  justo y asequible, hablar con las personas con las que convivo para transmitirles cómo me siento actualmente con este reparto, delegar algunas tareas que considero razonables y no hacerlas automáticamente, tratar de ser más tolerante con que se hagan de una forma diferente y en unos tiempos distintos a los míos, etc. y esto nos lleva al siguiente punto…

    2. No ser conscientes de los obstáculos que podemos encontrarnos 

    A menudo solemos imaginar cómo sería nuestra vida con ese cambio en términos de ganancia. Esto es algo positivo, ya que conecta con los beneficios de hacer ese cambio y potencia el motor de nuestra motivación. La mayoría podemos continuar imaginándonos llevando a cabo esa tarea que tenemos en mente. Sin embargo, a veces, el proceso de reflexión se acaba aquí y no llegamos a ser conscientes del esfuerzo que puede conllevar introducir este cambio. O incluso, no somos conscientes de que ese cambio que nos proponemos puede no ser factible en este momento o ser incompatible con nuestro bienestar. A veces, pensamos que, si no le damos mucha importancia a las dificultades que van a aparecer en el camino y le “quitamos hierro” a los contras, va a ser más probable que llevemos a cabo lo que nos proponemos y aunque, como hemos dicho, conectar con los beneficios del cambio es crucial, también lo es ser conscientes del coste que va a tener para nosotr@s. E incluso como hablábamos en el anterior punto, cómo pueden favorecer o no las personas que nos rodean a este objetivo en función de cómo les afecte a ell@s. Aquí va a ser muy útil imaginarnos haciendo lo que nos proponemos y ver qué dificultades surgirían, qué necesitaríamos para llevarlo a cabo, si aparecerá la pereza, si me será difícil sacar tiempo, si voy a tener que renunciar a algo en pro de lo que me estoy proponiendo e incluso qué capacidades voy a necesitar desarrollar o potenciar en mí para conseguirlo… Esto no es ser negativ@s, esto es ser realistas. Una pregunta que también puede sernos útil es pensar en qué ha ocurrido en otros momentos cuando he intentado cumplir este objetivo, ahí saldrá la voz de tu experiencia y te ayudará a tener en cuenta piedras con las que ya tropezaste en el camino, para que sea menos probable que tropieces de nuevo, o al menos con esas.

    3. No pensar en qué nos aporta aquello que queremos cambiar

    Tenemos que tener en cuenta que no hacemos, pensamos y sentimos las cosas de una forma arbitraria. Siempre hay razones, ya sean conscientes o no, que sostienen nuestro comportamiento y hay que tenerlas en cuenta, ya que son lo suficientemente potentes como para sostener hábitos que en muchos aspectos nos hacen daño. Imagina que un arquitecto entra en un espacio y ve una columna que no le encaja y querría derribar. Es muy probable que, si lo hace sin haber visto qué sostenía esa columna, parte del techo se caiga. La conclusión es que hace falta hacer un análisis sobre la función que están cumpliendo las cosas; no para autoengañarnos ni validar hábitos que claramente no nos hacen bien, sino para intentar cubrir esas necesidades que sustentan de otra forma. Por ejemplo, cuando acompañamos a alguien en su propósito de dejar de fumar, nos encontramos con que esa persona sólo se permite hacer descansos y parar para fumar, también que este hábito le ha acompañado en momentos de socialización en los que le ha hecho sentir más “segur@”, que ser fumador/a es algo que comparte con personas importantes de su vida y, por tanto, lo siente parte de su identidad; además, es la única forma que tiene para “relajarse” y muchas cosas más. Esta reflexión nos hace darnos cuenta de que es muy improbable que esta persona deje de fumar (sin sustituir por otra adicción) si no encuentra alternativas para darse permiso para descansar, reforzar la seguridad en sí mism@, para ser parte de ese grupo al que seguro le unen muchas otras cosas que no ve y para poder sostener momentos de malestar y encontrar calma.

    4. Hacerlo sólo porque es “bueno” o no hacerlo porque es “malo”

    Como estás pudiendo darte cuenta, los porqués de que no hayas tenido éxito en algunos de tus propósitos no son superficiales ni simples, por lo tanto, el <para qué> de tu propuesta tampoco puede serlo. No vale “voy a hacer más ejercicio porque es sano”, “voy a ser más puntual porque discuto con la gente” o “voy a dejar de gritar a mi hij@ porque no es lo correcto y lo dice mi psicólog@”. Lo que necesitas es hacer tuyos estos objetivos y ver con honestidad los <para qués> que <a ti> personalmente te mueven, porque son los que te vas a recordar cuando dudes o sea difícil seguir con tus propósitos. Es decir, los que alimentan tu compromiso. Pensar en lo que verdaderamente va a generar y generarte lo que te estás proponiendo.  Puede ser hacer ejercicio, para mejorar la relación con tu cuerpo, para tener energía y poder disfrutar de tus viajes y tu tiempo libre, también podría ser llegar puntual para cuidar el vínculo con la gente que te importa, tener más en cuenta los sentimientos de las personas a las que haces esperar, encontrar un ritmo que te haga sentir mejor para no ir todo el día acelerad@ o mandar a tu hij@ un mensaje sobre sí mism@ y sobre cómo merece ser tratad@ acorde con lo que tú consideras.

    5. Olvidar que es algo que tú elegiste y verlo como un “obligación”

    Como ya hemos aprendido en nuestro recorrido por el blog, la forma en la que nos acompañamos y nos hablamos cambia nuestros sentimientos y, por tanto, la forma de afrontar las cosas que nos proponemos.  Algunas personas, inconscientemente o no, creemos que hablarnos con el “tengo que “, “debería” o “no debería” va a hacer más probable que hagamos las cosas y “cumplamos”. Sin embargo, este sentimiento de obligatoriedad hace que olvidemos que verdaderamente queremos hacer X, aunque conlleve un esfuerzo, y nos alejemos de nuestros <para qués>. Además, esta exigencia encubierta no nos hace ser más consistentes, sino que genera mucho cansancio y hace que seamos muy inflexibles y acabemos abandonando nuestros propósitos o llevándolos a un extremo tóxico e intermitente de compensación.

    Espero haberte podido acompañar en la frustración que sentimos cuando no encontramos la forma de comprometernos con nuestras propuestas y a reflexionar sobre tus propios porqués. Si has podido encontrar respuestas y crees que te pueden ser útiles algunas propuestas de cómo afrontar y comprometerte de una manera saludable con tus propósitos de año nuevo, te invito a que estés atent@ a nuestra próxima publicación para continuar explorando alternativas. De igual modo, si te sientes bloquead@ con tus objetivos y necesitas ayuda para reformularlos, encontrar tus para qués, activarte o comprender qué te está frenando no dudes en ponerte en contacto con nosotras, estaremos ahí para acompañarte en este camino que sabemos a veces tiene demasiadas piedras.

    Marta López de Lerma Parada, Psicóloga General Sanitaria

    Deja una respuesta

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *